domingo, 4 de mayo de 2008

EL LÓBULO FEROZ

¿Qué son los motores metabólicos?

La respuesta podría ser tan simple y a la vez tan compleja como la misma costumbre del hombre en ser dueño no consciente de sus actos, forjando problemas inertes con soluciones poco audaces.

Un motor en apariencia es un impulsador hacia un mecanismo específico. Un motor es un proceso que puede posicionarse fácilmente entre los vínculos ontológicos que estudian el ser. Pero en realidad un motor es más que una concreta excusa con la que salimos sonrientes ante la posibilidad de dar una justificación. Cada instante estamos mimetizando el motor de la vida hasta llegar al punto de auto-engañarnos.

Nuestro gran “impulsador” se adapta a las dificultades del clima o a los obstáculos que el inquieto bioma nos proponga. No necesitamos desglosar la naturaleza misma como para centrarnos en el factor común de todos: La interacción.

Actuar en armonía es el utópico universal. Es el paradigma del eterno juicio. Mente sana en cuerpo sano y la vida no es comprada, de tal forma que sabiéndolo no hacemos caso o terminamos siendo adictos a una superficial perfección. Siempre pretendemos manejar una sola razón, así mintamos en nuestra capacidad de recibir nuevas ideas. No hay marcha atrás y todo tiene un motivo para ser protagonista. Cada objeto o individuo da indescifrables métodos de aprobación a la película o novela en la que conviertes tu reloj biológico. Naces, llegas, sonríes, sientes, mueres, resucitas, mueres de nuevo y pides al celestial que te permita resucitar mil veces más. Y aún así, teniendo todo y no siendo esclavo, dejas tu mediocridad en cualquier extremidad del pulpo divino: Dios. De esta forma te das la oportunidad ridícula de esperar el resultado, convirtiéndote en tu propio aprisionado.

La apariencia llega a ser tu aliado, de tal forma que bajo un modelo de conformismo, mandas a un cuarto de san alejo todo aquello que no va con tu vanidad. Después terminas escudriñando hasta el punto de ser víctima del mejor invento: La idiotez.

Este estado global es el padre de lo que conocemos popularmente como “Estar en la inmunda”. La pureza de tu inquieto sistema abre espacios irrepetibles como las cadenas de ADN. Es por eso que cuando mencionaba la palabra “auto-engaño” renglones atrás, me refería directamente a ese desconocido proceso natural. No hay forma de ser reemplazados ni de ser desechados por completo. Cuando alegas o discriminas basados en la mal usada frase de “Eres un ciclo terminado”, estás yéndote contra la marea original.

El planeta tierra se empieza a segmentar en elementos químicos, en grupos y en columnas que al igual que el zodiaco agrupa en abundantes masas los sentimientos, las personalidades, los defectos y las debilidades de los homos que cargan la gran fachada de sapiens sapiens.

Por eso mismo tu ciclo jamás muere, sólo tiende a aminorarse. Y lo que en tierra cae en aire renace. Por eso el engaño se puede alargar en años, por desconocer el enlace al cual permitiste ser atado.

Siempre existirá la dependencia artificial a ciertas envolturas en donde la química dirige la pantomima y en donde el motor adquiere formas metafóricas de corazón.

No permitas que la idiotez enceguezca tu metabólico difusor de fantasías que a la final son convertidas en memorables mentiras.

Dos animales en contacto se convierten en máquinas de sangre.
Dos seres humanos se convierten en máquinas de calor.

Nada tiene fin.

Te quiero mucho, personas como tú pocas y arriba el ánimo.

Diana Rodríguez. 2008


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