sábado, 25 de noviembre de 2006

12 de septiembre de 2055

Viejo amigo:

Camino a nuestro re-encuentro te escribo. Viajando por el vasto cielo que hasta hoy nos separaba. Simplemente, puedo decirte que desde el avión estos cincuenta años que han pasado no parecen nada.
Muchos son los nervios que generan mi arribo... Una ciudad desconocida, con rostros totalmente envejecidos.
¿Seremos los mismos?
Nos hemos rehusado a utilizar otro soporte que no sea el papel para estar en contacto; para así poder ver nuestra imbatible decrepitud a través de nuestra, ya totalmente, demacrada letra.
¿Te acuerdas de aquél día? ¡Tan deseado por cualquiera de los dos como los amantes esperan el resguardo de la Luna para poder hacer de sus travesuras!
Comenzó el tan anhelado día. Pero como era de esperarse, nuestra reunión fue pospuesta. Casi evitamos que se produjera... teníamos miedo. Pero el resultado fue mejor de lo esperado.
Un día más tarde y con tropiezos varios, acordamos el encuentro.
La mañana parecía ser como cualquier otra del fin del invierno... Soleada, fría, solitaria, silenciosa... Las ansias no dejaban que mi sangre fluyera correctamente; pronto llegaría el tan codiciado momento.
Al levantarme, muy cuidadosamente elegí mis vestiduras; tenía que lograr impactarte. Ya hacía unos meses que no nos veíamos; tú habías volado en busca de tus sueños.
Desayuné con la misma monotonía con la que todas las mañanas lo hacía; o al menos así lo recordaba, pues tu partida había cambiado mis hábitos.
El tiempo parecía detenerse. Tic-Tac. Tic-Tac. Tic. Tic… Cada vez más resonaban los segundos en mi mente.
Otro día con la misma rutina... Ya me iba al trabajo, mientras que lo único que hacía era pensar en ese momento. Por suerte fue un día de locos, los teléfonos no pararon de sonar, las personas aparecían a borbotones; en fin... un día muy complicado. Pero yo sabía que estarías allí, esperándome... Las horas que transcurrieron desde mi empleo hacia el aeropuerto fueron dos. No estaba conforme con mi vestuario, así que decidí volver a casa y cambiarme... Nuevamente el dolor de cabeza de toda mujer... Salí tal cual estaba, simplemente desenmarañé mis cabellos.
Tiempo. ¡Maldito tiempo! Me habías separado de él y ahora intentabas hacer lo mismo.
Logré conseguir mi meta: llegar antes que lo hicieras tú. No quería que tuvieras que esperarme. Y finalmente, te vislumbré, allí, como esperaba encontrarte... Con la mirada altiva como quien busca y nada encuentra. Entre la multitud, yo simplemente te observaba. No podía creer que estuvieras aquí.
Éramos jóvenes, llenábamos nuestras vidas de sueños, y nos complementábamos.
Nos saludamos como si el tiempo no hubiera pasado; pero nos hubiéramos extrañado toda una vida.
¿Cómo será este re-encuentro? Ya no tengo las mismas expectativas, ni las mismas ambiciones... Tengo miedo de no reconocer tu rostro ni tu mirada; de que ya no seamos los mismos que a espaldas de hoy nos despedimos para volver a vernos quién sabía cuando.
Ya es hora que deje de escribir y comience, nuevamente, a soñar... La ciudad ilumina mis ojos y la ansiedad de aquél día vuelvo a sentirla tan vívida como cincuenta años atrás.

Cecilia Stanic

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